Quistes ováricos en el embarazo

Por lo general entre las mujeres el diagnóstico de un quiste de ovario durante la gestación es motivo de angustia y preocupación, a pesar de que estos hallazgos se observan con cierta frecuencia y por lo general son benignos y de resolución espontánea.


Este cuadro podría explicarse debido a que durante los tres primeros meses de embarazo el ovario que ovuló mantiene el cuerpo lúteo para la producción y secreción de hormonas necesarias para conservar el embarazo hasta la formación de la placenta en el tercer mes de gestación.

Generalmente, la detección de estos quistes resulta un hallazgo casual durante el primer trimestre de embarazo a través de la ecografía de control, ya que la mujer no presenta ningún síntoma fuera de lo esperado por el embarazo.

Los quistes ováricos aparecen con una frecuencia que va del 1 al 8% de las embarazadas, dependiendo del momento de la gestación cuando se realice el diagnóstico y de los criterios que se utilicen para diagnosticarlos.

Son mas frecuentes durante el primer trimestre de la gestación, alrededor de las primeras 15 semanas del embarazo. Esto se debe principalmente a que la mayoría son quistes funcionales.

Por lo general es de pequeño tamaño, 2 o 3 cm de diámetro y en sí no se debe considerar un quiste de ovario.

Se conoce que alrededor de una de cada 200 embarazadas puede presentar un quiste de ovario durante el primer trimestre, el cual podría ser un cuerpo lúteo de gran tamaño o un quiste ovárico previo al embarazo que no había sido identificado.

Durante esta etapa del inicio del embarazo el cuerpo luteo es el encargado de mantener las hormonas necesarias para su desarrollo, un factor importante que puede provocar que un cuerpo luteo de gran tamaño es la presencia de mucha de la hormona propia del embarazo, como en el caso de las gestaciones multiples.


Casi el 90 % de los quistes diagnosticados al inicio del embarazo desaparecen posterior al tercer mes, por lo que lo más aconsejado es actuar con precaución y mantener un seguimiento cuando menos hasta el cuarto mes de gestación.

Aquellos que persisten por lo general se tratan de quistes que se encontraban previamente en el ovario y se diagnostican durante la gestación, sin embargo el control ecográfico debe ser constante, en particular si tiene características que hagan sospechar de malignidad.

La incidencia de cáncer de ovario en el embarazo se reporta apenas en 1 de cada 2500 casos, por lo que ante la detección de un quiste ovárico el primer paso siempre será mantener la calma.

En la mayoría de los casos este es un hallazgo casual de la exploración ecográfica del primer trimestre, en la actualidad su incidencia ha aumentado debido a que esta evaluación es mas exhaustiva.

Otras veces es por medio del examen físico pélvico y ginecológico que se hace esta detección, y solo en muy raras situaciones el diagnóstico surge en medio de alguna complicación como ruptura o torsión del quiste o del ovario, presentándose un cuadro agudo de intenso dolor abdominal.

Cuando se hace el diagnostico por medio de la ecografía, el medico valora las características del quiste y con ello determina cual es su pontencial de malignidad, si tiene características que hagan sospechar que pueda tratarse de un tumor maligno se realizan otros estudios.

La ecografía es el método de imagen de elección pues es tan efectiva como la tomografía y la resonancia, pero para disipar dudas respecto a la naturaleza del quiste es necesario recurrir a marcadores tumorales específicos.

Dependiendo de estos resultados también se hará el control ecográfico a las semana 16, si persiste y sus características son benignas se controlara en las semanas 20 a 22, en la 28 y entre la 30 y la 34. Igualmente se hará si tiene características de sospecha pero los marcadores tumorales son negativos.

El manejo de las tumoraciones ováricas durante el embarazo busca ser lo mas conservador posible, tomando como principal regla la conducta expectante con controles rigurosos de las lesiones, dado que la mayoría resolverá espontáneamente antes de la semana 15.

En caso de que el quiste persista luego de la semana 16, aumente de tamaño mayor a 6 cm, o manifieste alguna clínica, se puede programar una cirugía entre las semanas 16 y 20 de gestación, valorando el riesgo/beneficio para la paciente y el feto.

Los quistes que persisten más allá del tercer trimestre del embarazo por lo general son previos, no diagnosticados.

Estas cirugías planificadas son en general menos riesgosas y con mayor tasa de éxito que aquellas que deben realizarse de urgencia por torsión o rotura del quiste, esto suele ocurrir con mayor frecuencia en el segundo trimestre.

Los principales riesgos en estos casos son que ocurra el aborto o un parto prematuro, por lo que si es posible realizar una cirugía electiva en caso de ser necesario, se puede preparar a la paciente para disminuir al mínimo el riesgo de estas y otras complicaciones.
La cirugía debe ser lo menos agresiva posible.

Se practica el abordaje laparoscópico, tratando de extraer sólo el quiste buscando conservar el ovario; solo en caso de que esto no sea posible se practicará la ooforectomía.

Una vez realizada la extracción se debe realizar el estudio histopatológico para llegar al diagnóstico definitivo y determinar la necesidad o no de algún otro tratamiento.

Se debe proseguir en controles gineco-obstétricos periódicos para dar seguimiento tanto a la gestación como al quiste, y en base a la evolución del cuadro, decidir la consulta.


Es importante señalar que la gran mayoría de mujeres que se someten a cirugías para extirpar quistes ováricos de gran tamaño o con otra indicación quirúrgica, llegan a un feliz término de su embarazo con bebes sanos y normales.

Así mismo cabe resaltar la prioridad que debe tener la consulta ginecológica previa al embarazo y de planificación familiar, ya que facilita el diagnóstico y tratamiento de ésta y muchas otras situaciones.